Miguel Ramón nace en San Sebastián de 1908, bajo la sombra de uno de nuestros gobiernos de fuerza más largos, en la opaquísima comarca de una calle real, sonoros apellidos, montes y barrancos aledaños.

No será ajeno a los juegos de la infancia, algunas travesuras debió imaginar, mas tuvo tiempo para contemplar y nutrirse de los aires, del menudo roce de la lluvia, de la dolida noche y presentir que habría un día claro y tal vez siempre llevaría un patio en su corazón metido.

Inició sus estudios de primaria en su aldea nativa y culminaría la secundaria en Caracas. Alguna pasión por los olores, tal vez menta, quina, amoníaco, yodoformo, mercurio; alguna intuición de sus propiedades salvadoras en su país que se moría de mengua ante el atraso sanitario; alguna sabia emoción en la botica de Manuel Liucci, le conduce a inclinarse por los estudios de farmacia, estudios que no acabará al cerrar la Escuela de Farmacia en Caracas, apenas quedándose con la posición de auxiliar. Intenta iniciar estudios de normalistas más no consigue facilidades, y opta por trabajar en una botica. 

En Caracas estuvo aproximadamente durante cinco años, desde 1927 a 1932. vuelve sobre su propia senda a la primigenia ciudad, en 1932, donde instaura una cátedra particular para los muchachos que no habían logrado la primaria superior. Allí inicia la promoción de variados menesteres que abarcaría la lectura circulante, el teatro, estudios de música, alfabetización y fotografía, ésta última actividad junto al señor Andres Rodríguez Ramírez, nos legaría las preciosas imágenes que hoy conocemos de nuestro suelo nativo.

Cuatro años después, en 1936, repiensa volver a la capital de la República, cuando sorpresivamente lo nombran director de la recién creada, por decreto, Escuela Federal “Pedro Aldao”, con la idea de que la funde, procure su espacio físico, contrate a los maestros de grado y abra matrícula sólo para niños hasta el cuarto grado de primaria. Para completar la primaria básica regenta los dos últimos grados sin percibir honorarios por dicha labor.

En ese primer bastión de luces, legalmente constituido, hará las veces de director, supervisor de aula, secretario, maestro, vigilante y alguna vez llegó a ocuparse del aseo de los salones de clases.

El tiempo con sus obvias circunstancias lo hará un “docente prestado a la poesía”, según su propia voz, a no ser que se conjeture lo contrario, que haya sido un poeta prestado a la gran responsabilidad, y claro que dura, de enseñar.

Aún bajo el cerco, los muros de la aldea, mantiene estrecha colaboración periodística con órganos lugareños como “El quijote” de Villa de Cura, “La voz de Aragua” de San Casimiro, “El industrial” de La Victoria, “Ecos del Tuy” de Ocumare y en la revista “Fantoches” de Caracas y los periódicos nacionales “La esfera”, “El heraldo” y “El Universal”. En la aldea de El Quebranto funda el periódico escolar “Crisol” donde colaboran alumnos y maestros; también dirige y es redactor exclusivo, ad-honorem de la revista “La caridad” órgano muy útil en aquellos tiempos y aún hoy, cofradía de fervor al culto de Nuestra Señora de la caridad, imagen y milagro en los frutos de este valle.

Cursa estudios libres y obtiene el título de maestro de primaria, presentando un examen integral ante el Consejo Técnico de Educación en Caracas. Entre tal vez algunas fábulas y desinformaciones de la Historia nacional, esa historia escrita y contada por los que dominan, y algún cuento de las piedras, la hechura de los aldeanos, la ligera campanada en el aire. Asume el rol de cronista y dicta la cátedra de Historiografía Marginal desde su aldea opaca, dando luces a legos e ilustrados. 

Se apoya en las fuentes orales, se hace acucioso lector en los hechos mínimos, perdurables y cotidianos de una ciudad en donde el tiempo parecía detenerse. Se percata de lo fundamental de la historia, del insano olvido y de la desmemoria, sabe que muy pocos habían intentado reconstruir la oralidad, la tradición, el presente el mañana. Sabe que los que ejercen el poder, son amantes de que los pobres olviden; pues, el olvido de su historia es la condición necesaria de un nuevo engaño, falsas ilusiones. 

Llegó a decir que la desinformación de la mayoría de los docentes activos y por ende de los estudiantes, era la causante del creciente deterioro que padece el rendimiento escolar. Tal vez aquí estén las causas del odio a la historia.

Prosigue su callada obra poética con algunas publicaciones en diarios y revistas de circulación regional y nacional. Autogestiona sus cuadernos poéticos, alejado de las capillas del bombo mutuo. En la noche, en aquella aldea opaca, en su paisaje, en la esperanza de si algún día claro funda la voz universal de la poesía aragüeña. Lejos de la vanidad, sencillo y fiel a la soledad, dispersa sus encantadas palabras en Elegía Serrana, Nocturnal, Rescoldo, Calendario de Ausencia, Oficio De Verano, La Voz Recobrada, Testigos del Alba, La Huella Invisible, Aquella Aldea, Aires de La Vida, Memoria de Espiga Y Edades de La Flor.

En 1963, recibe estas palabras de una carta enviada desde Montevideo por Juana de Irbarbouru, la profunda poetisa uruguaya: “...recibí su hermoso poema Aquella Aldea, tan simple y lindamente ilustrado. Como siento su juventud, su lirismo puro (...) y la poesía sencilla, luminosa, total, de una voz antigua...”

Indistintamente llega a ser miembro honorario de la Junta Directiva del Ateneo de Maracay, miembro de la Asociación de Escritores de Venezuela, miembro correspondiente en el estado Aragua de la academia nacional de la Historia y la Academia venezolana de la Lengua, miembro de la junta de Reconstrucción del templo Parroquial, presidente mayordomo de la Cofradía Nuestra Señora de la Caridad y presidente del consejo Municipal.

En 1981 recibe la distinción del premio Nacional de Literatura y como escaso gasto en este país, gesto único, rechaza el monto en dinero y aceptó el homenaje a su talento, el cual nunca mandó a ser puesto en la balanza de las deferencias y los premios.

A los ochenta y cinco años de entereza, con toda la templanza de su carácter de eterno rebelde e inconforme, incomprendido como todos los excepcionales hombres, por mucho de sus tantos alumnos y casi todo su pueblo, en 1993, un sábado de Agosto, a las cuatro de la madrugada, se entiende perfectamente con el rocío, las menudas gemas que brillarían en el alba. Como azar del eterno sembrador, su muerte no intenta molestar a nadie con agonías y no suspender por su causa las bellas labores de las aulas de clase.

Un domingo cualquiera con su última lluvia, oyó por gracia del destino, el poema El surco de la Muerte escrito en 1948. Oyó sus palabras y dijo a los presentes:

“Hemos temido, a veces,
Que este surco se lleve nuestra angustia
Colmado de angustia se derrame”

De esta manera concluye este esbozo biográfico, a manera de crónica, que puede servir para iniciar un acercamiento a la prolija existencia del poeta Utrera. Angustias pudo tener como tantos bellos versos hilvanó su poesía.

¿Dónde reside la valía de Miguel Ramón Utrera? ¿Cuál es la lección de vida de este ciudadano? ¿Qué querrá decirle hoy a ustedes?.

Esencialmente decidió no ser un bandido y optó por ser honesto, vivir en su exacta verticalidad. Cuando muchos han abandonado el lar nativo, detrás de su prosperidad material y de espíritu. Cuando desagradecidos con el aire y el paisaje que respiraron y vieron en su infancia, pudiendo dar mucho, se quedaron por fuera. Utrera decidió quedarse, cercarse de inquinas, maledicencia y comenzó a fecundar la primavera, a devolvernos la historia de la aldea, a legarnos la hermosura de su poesía.

¿Cuántas veces nos hemos deslumbrado con el oropel, las vanas vanidades y no hemos querido apreciar la hermosa forma de un humilde canto rodado? Utrera, el mal querido, el que con un fino humor decía que todos lo querían, sólo que algunos le querían bien y otros le querían mal.

Utrera, el doctor de tantos admirables hijos, en su mayoría maestros, quien reconociendo los aires de su vida, aires de desamor. Desamor donde el nombre a su decir, es otra ausencia, también dijo que nunca tuvo hijos, porque de alguna manera le iban a significar un terrible problema, pues, si llegara a educarlos bien, serían presa fácil de los pícaros, y si los educaba para ser pícaros, estos iban a ser azote de los hombres de bien.

Utrera, el de terrible genio, hasta de cascarrabias mentado por algunos que bien no le conocían. Aquellos que no pudiendo superar su inteligencia y talento se escudaban en la miseria humana para descalificarlo como persona. Total, piénsese lo que se piense, créase lo que se crea, el tiempo que es el mejor juez de todo acto les va a decir a los insulsos quién fue Utrera. Recordemos que para la verdad el tiempo y para la justicia Dios.

Su muerte, seguramente no deseada por nadie, debió parecerle a unos cuantos un suceso favorable, porque para qué un hombre de hirientes verdades en una aldea donde la hipocresía y mentira son una virtud.

Si algún día preguntan: ¿Quién fue ese tal utrera?, respondan sin temor que fue un gran pedagogo, el más universal de nuestros poetas, un exigente maestro, un aprendiz de fotógrafo, un recogedor de crónicas, un servidor de su pueblo y su país, el shamán de la tribu, el encantador de palabras, un desamado amante, un hombre honesto, tan de espíritu inconforme y rebelde como uno de ustedes; pero que también fue humo y en uno de sus últimos libros de poemas, Edades de la Flor, llegó a definirse así:

“Tiene ese secreto el humo:
estar ausente y cercano;
dejar huellas en el aire
sin que se note su paso.

Ser imagen de la vida
Y estar de su muerte ufano;
Andar siempre fugitivo 
Y a la vez encarcelado.

Tiene ese secreto el humo: 
Estar presente y lejano”.

Así está usted maestro, poeta, buen Viejo: presente y lejano, hoy después de que usted dejara huellas en el aire; aquí están presentes y cercanas estas fecundas primaveras, estas raíces de sueños, en esta patria de aromas y de espinas, dígales, que a pesar de la inquina, la insidia y el desprecio, es posible cambiar la historia de este bello valle; que en el curso bajo del Caramacate existe una Comarca que necesita seres de ciencia, de letras, que requiere tecnólogos, artesanos, olores de condumios, amantes maestros, albañiles, creadores de sueños, cultores de la tierra; pero no traidores, no vendidos al mejor postor, no necios, sino hombres y mujeres de claro, útil, honesto y dignísimo proceder.

Dígales a esta sabia anhelante que hoy se despide de estas aulas, que mañana dejarán la aldea, y es posible que no vuelvan a su valle tierno; entonces, maestro, explíqueles la lección del día, llene estas espigas de memorias, la sangre de sus venas, y dígales la lección de siempre para que no haya olvido:

                       “Alguien debe volver sobre sus pasos
                       a iluminar los rumbos
                       con el cándido albor de las palabras.”

Palabras de hálito puro, palabras siempre buenas.

 
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