Miguel Ramón Utrera nació en San Sebastián de los Reyes, en el corazón de los fértiles valles de Aragua, en 1908. Salvo la vez que residió en Caracas, entre 1927 al 32, cuando intentó seguir estudios como profesional de la docencia, y tiempo que aprovechó para establecer contactos muy positivos con intelectuales de su época y abrir su espíritu ante expectativas literarias y humanas de muy significativo valor, no ha salido jamás de ese lugar. Desde su estratégico mirador, domina la salida hacia los llanos del Guárico, custodiados por las inmensas moles de los morros, interpuestas en el rumbo de las galeras de Ortiz.

Aragua ha sido tierra de poetas fíeles a su geografía. Una vez escribimos refiriéndonos a Sergio Medina: "Campos aragüeños, olorosos y tiernos. Sinfonía de riachuelos. Verde espectáculo del trópico. Evocación de la paz en la calma de los atardeceres y en el paso lento de los bueyes que hunden el arado en el vientre fértil de la tierra. Campos de doradas espigas y de enlunadas mieses en las noches retoñadas de estrellas. Esta es la obsesionante geografía poética que pasa por la vida y la obra apasionada de Sergio Medina. El cantor de los Poemas de sol y soledad y de Cigarras del Trópico, siente el amor de su tierra, y una profunda y eglógica devoción anima su poesía". Exactamente lo mismo cabe destacar en la actitud de Miguel Ramón Utrera, frente a su paisaje nativo. Los dos grandes poetas de Aragua: Sergio y Miguel Ramón, tuvieron la suerte de nacer en esa tierra de gracia que en los días de la Colonia, recibió los más sinceros y sobrios elogios, tanto de Bello como de Humboldt.

En el caso de Miguel Ramón Utrera, no resistimos el reclamo de repr¬ducir con fidelidad lo que escribimos hace algunos años sobre él. Entonces dijimos: En la tierra parda, seca y dura a veces, como aquella Castilla de Antonio Machado, que bordea el curso del rumoroso Caramacate se extiende desde los días de la Conquista la linajuda villa de San Sebastián de los Reyes. Allí, con sabor a pasado, ha visto transcurrir su vida el poeta, Miguel Ramón Utrera. Las amplias casonas con sus calles rectas y silenciosas, le dan al pueblo cierto aire de misterio. En ese misterio, que es la realidad del poeta, Miguel Ramón ha podido descubrir el peso y contenido de su mensaje lírico. Años de maestro, años de cronista, lo identifican para siempre con la tierra nativa.

En la sobriedad de una vida retirada, el carácter del hombre se hace austero. Miguel Ramón Utrera, desde hace mucho tiempo se ha despojado de la vanidad adventicia.

Como un asceta, paradójicamente acompañado por la soledad, ha recurrido al luminoso mensaje de la palabra poética. En ese mensaje ha afianzado la razón de su existencia.

El caso de Utrera es extraño. Pareciera que desde un principio se trazó la meta de la sencillez. Y el mundo objetivo que lo ha rodeado, ha legado a su lenguaje poético lo permanente de su expresión. Ha llegado convertido en una realidad, que es la realidad creada por el propio poeta. De allí que, a diferencia de otros que han trabajado con la misma materia prima, Utrera nos ofrece su mundo construido más que de objetos, de palabras. Y es bien sabido, que el hombre en sí, está hecho de palabras. Nuestra trascendencia radica en ese mágico elemento comunicativo. Otro gran poeta de Aragua, Sergio Medina, antecedió a Miguel Ramón Utrera en la utilización del paisaje autóctono como materia prima de lo poético. Pero hay diferencias fundamentales entre ambos. Especialmente en lo que concierne al lenguaje de la poesía, en sus niveles fónico, semántico y sintáctico.

Es posible que la crítica venezolana, con raras excepciones, no se haya dado cuenta de los valores fundamentales que distinguen a la poesía de Miguel Ramón Utrera. Estamos acostumbrados, especialmente en materia de arte, a los espejismos. O mejor, a eso que Cervantes caracterizó con su amarga ironía, como "retablo de maravillas".

Como todos sabemos, el retablo era un engaño. Pero el que no estuviera de acuerdo con la falsedad, sería calificado de mal nacido, especie de fatalidad social en aquellos tiempos. Eso ha sucedido un poco con muchos de nuestros escritores, especialmente con los que se han apartado de los cenáculos en los que se cultiva con tanta solicitud el mutuobombo.

Miguel Ramón Utrera, no es que haya sido víctima de ese fenómeno, sino que tales circunstancias han demorado el reconocimiento de los valores específicos de su poesía, por encima de las capillas en las que crece el elogio amistoso en detrimento de la verdad estética. Por esto, los que durante tantos años hemos venido siguiendo la silenciosa entrega de Miguel Ramón a la creación poética pura, sentimos con alborozo el reconocimiento unánime que el jurado del Premio Nacional de Literatura le acaba de hacer. 

Esta mención se refería a la acertada selección, que en su oportunidad hizo el jurado del máximo premio concedido por el Estado todos los años a un escritor venezolano. Utrera, cosa extraña entre nosotros, declinó el monto en metálico del premio y se quedó con el homenaje al talento humano.

Es indudable que una naturaleza dotada para el arte como la de Miguel Ramón Utrera, sostenida por una entereza moral a toda prueba, ha estado facultada para perpetuar la clara lección de su desprendimiento.

Aproximación a la Obra Poetica de Miguel Ramon Utrera-Pedro Diaz Seijas
 
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